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Anecdotas al volante

Los zapatos del difunto

 

La reunión se desarrollaba de manera muy amena y, mientras las gargantas escanciaban las botellas deleitando paladares y las muelas trituraban los bocadillos de distintos sabores, los recuerdos iban actualizándose en las mentes como corceles desbocados en tropeles de palabras. Mientras más alcohol se consumía más lugares, nombres e historias emergían provocando risas o resentimientos de quienes las narraban o, por el contario, se sentían aludidos. Así avanzaba lenta la noche en la que se había reunido viejos amigos de la institución encargada de controlar el tráfico.

Con voz algo aturdida un mayor retirado pidió ser escuchado. De inmediato todos callaron. Unos para prestar respetuosa atención mientras otros, de manera humilde, porque no podían olvidar quien había sido su comandante en jefe. Dirigiéndose a los presentes preguntó; – ¿Recuerdan al flaco “Ojito”?

Antes de responder en cada mente de los enfiestados fue dibujándose la esquelética figura del conductor de la ambulancia de la entidad, sus largas y huesudas manos al volante, casi siempre rasurado de manera descuidada y su característica fundamental: cambiar constantemente de zapatos.

Entonces al decir casi en coro: – “¡Si, mi mayor!”, empezó su breve historia…

–         “No se trata de hablar mal del difuntito… Todos sabemos que era buena gente… A mí también me llamaba la curiosidad de saber por qué se cambiaba tan continuamente de zapatos… No importaba si lo castigaban por no usar los botines, solo cuando iba a la prevención se los ponía, ¿pero, como hacía para comprar zapatos tan caros, todos de marca?…

La curiosidad iba en aumento entre los escuchas, en esa época los zapatos extranjeros eran muy caros y, en la “Bahía” solo se encontraban “cohetes”, entonces, ¿cómo lo hacía? Fue la pregunta que todos, directa o en tono simulado, se hacían.

El Mayor conocedor de la respuesta dijo:

–         “…En algunas ocasiones “Ojito” se enteraba por radio de los accidentes y, por ser su obligación se apuraba en llegar y transportar desde el lugar en que quedaban los heridos hasta el furgón de la ambulancia. A los muertos les miraba los zapatos si estos eran de marca extranjera, tenían pinta de aniñados y, más o menos, le quedaban al pie, se los retiraba, los limpiaba y guardaba. Poco tiempo después se daba lija con los zapatos del difunto. Total ellos ya no los necesitarían…”